El Monstruo de Colores es un juego de mesa para niños a partir de 4 años, editado por Devir y basado en el cuento infantil de Anna Llenas, en el que un pequeño monstruo tiene todas sus emociones mezcladas y no sabe qué le pasa. Está confundido, todo es un lío… y necesita ayuda para entenderse.
A lo largo de la partida, iremos acompañándole para identificar alegría, tristeza, rabia, miedo o calma, colocando cada emoción en su lugar mientras ponemos nombre a lo que sentimos.
La propuesta es muy sencilla: reconocer emociones, relacionarlas con experiencias y darles sentido mientras jugamos. Más que competir, se trata de parar, escuchar y ayudar al monstruo a ordenar ese caos emocional que, en el fondo, también forma parte del día a día de los peques.
¿Cómo se juega?
El Monstruo de Colores es un juego cooperativo en el que todos jugamos para ayudar al monstruo a poner orden en sus emociones.
Antes de empezar, se colocan las fichas en el tablero y los tarros, mezclados y boca arriba, pero sin que se vea qué emoción hay en cada uno.
El monstruo y la niña comienzan juntos en la casilla inicial.
En cada turno tiramos el dado:
- Si sale 1 o 2, avanzamos con el monstruo esas casillas
- Si aparece la espiral, podemos llevarlo a cualquier espacio del tablero
- Si sale la niña, la movemos hasta donde está el monstruo.
Cuando el monstruo llega a una casilla el jugador tiene que explicar una situación en la que haya sentido esa emoción —algo sencillo, algo suyo— y después elegir uno de los tarros y darle la vuelta.
Aquí está la gracia del juego:
- Si acierta, y es la misma emoción que acaba de relatar, coloca la ficha correspondiente y ese tarro ya está resuelto.
- Si falla, todo vuelve a su sitio y habrá que recordar dónde estaba.
- Y si aparece un revoltijo, la cosa se complica: ese tarro se queda visible y, además, hay que cambiar de sitio dos tarros vacíos, haciendo que cada vez sea más difícil orientarse.
A medida que avanza la partida, algunas casillas se quedarán sin ficha de emoción, pero el juego no cambia: si caes ahí, también tienes que explicar la emoción. De hecho, ese momento de hablar es más importante que la propia mecánica.
La niña es la que ayuda a poner orden cuando todo empieza a liarse. Cada vez que llega a la casilla del monstruo —ya sea porque ha salido en el dado o porque coinciden— permite ocultar uno de los revoltijos.
Es la forma de ir arreglando los errores que se han ido acumulando.
El objetivo del juego es conseguir colocar todas las emociones en sus tarros. Si lo conseguimos, ganamos todos. Pero si llegan a aparecer tres revoltijos al mismo tiempo, el monstruo sigue confundido… y toca empezar de nuevo.

El origen: del cuento al juego
El Monstruo de Colores nace del libro infantil creado por Anna Llenas, en el que un pequeño monstruo se despierta confuso, sin entender qué le pasa, porque tiene todas sus emociones mezcladas.
A través de la historia, una niña le ayuda a identificar lo que siente, asociando cada emoción a un color —alegría, tristeza, rabia, miedo o calma— y separándolas en frascos para poder entenderlas mejor.
Esa idea, tan simple como potente, es la base de todo: poner nombre a lo que sentimos para poder comprenderlo.
El juego recoge exactamente ese planteamiento y lo lleva a la práctica: no solo vemos las emociones, sino que las identificamos, las explicamos y las organizamos mientras jugamos.
¿Qué aprenden l@s peques?
- Identificación emocional
Reconocen emociones básicas como alegría, tristeza, miedo, rabia o calma. - Expresión verbal
Explican situaciones reales en las que han sentido esas emociones. - Empatía
Escuchan a los demás y entienden que cada persona vive las emociones de forma diferente. - Memoria
Recordar dónde están los tarros correctos añade un pequeño juego visual. - Asociación
Relacionan emoción → color → experiencia.
Más allá del juego, se genera un espacio donde los peques pueden expresarse con naturalidad.
Hablar de emociones deja de ser algo abstracto y ayuda a convertirlo en algo cotidiano.
¿Por qué gusta?
- Tiene un tema muy potente
Todo gira en torno a las emociones, y eso le da sentido desde el primer momento. - Es muy accesible
Tirar dado, moverse y hablar se entiende sin dificultad. - Genera momentos compartidos
Cada turno abre la puerta a contar experiencias personales. - Tiene un pequeño reto
Recordar los tarros y evitar los líos añade un poco de emoción. - Funciona muy bien con peques
Conecta directamente con su día a día.
Cosas a tener en cuenta
- Depende mucho del grupo
Si no se participa activamente y con la actitud adecuada, pierde gran parte de su valor. - La mecánica es sencilla
El peso está en la parte emocional, no en la complejidad del juego mismo. - Los líos pueden frustrar
Si aparecen varios, la partida puede alargarse o incluso reiniciarse. - Puede quedarse corto con niños mayores
A partir de cierta edad, puede resultar demasiado básico. - No es competitivo
Se gana o se pierde en grupo.
Conclusión
El Monstruo de Colores es mucho más que un juego de mesa: es una forma de llevar a la práctica todo lo que propone el cuento en el que se basa. La mecánica es sencilla, pero tiene sentido porque está completamente conectada con la idea de fondo.
No se trata solo de mover una figura o acertar un tarro, sino de parar, pensar y poner nombre a lo que sentimos. Durante la partida, los peques hablan, escuchan y empiezan a entender que las emociones forman parte de su día a día, igual que le pasa al monstruo.
Ahí está su verdadero valor: en convertir algo abstracto en algo cercano, compartido y fácil de entender.
Un juego que no solo se juega… también ayuda a crecer.
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